En el instituto, el laboratorio solo se abría cuando el profesor estaba presente. Pero aquel viernes, por un error, dejó la llave en la mesa y salió un momento.
Hugo fue el primero en verla.
—Podríamos entrar un segundo —dijo alguien—. Solo mirar.
Era tentador. Un lugar prohibido, sin vigilancia. Algunos ya estaban de pie.
Hugo dudó. No quería quedar como el aburrido del grupo. Pero tampoco le parecía buena idea. Recordó una vez que algo se rompió en clase y nadie quiso asumirlo. La consecuencia fue que castigaron a todos.
Se acercó a la puerta, cerró con cuidado y dejó la llave en la sala de profesores.
Hugo levantó la mano y explicó lo ocurrido. No hubo aplausos. Tampoco bromas. Solo un “gracias” serio del profesor.
Hugo entendió que ser responsable no siempre es hacer lo que apetece, sino hacer lo que corresponde. Y que asumir lo correcto, incluso cuando nadie obliga, es lo que nos hace crecer.
La responsabilidad consiste en responder de nuestros actos y elegir lo correcto, aunque nadie nos esté mirando.

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