A Sergio le tocó hacer un trabajo en grupo con personas que apenas conocía. No le apetecía nada. Siempre acababa haciendo más que los demás y nadie se lo reconocía.
Aun así, decidió implicarse. Ayudó a ordenar las ideas, explicó con calma lo que no se entendía y compartió sus apuntes sin que nadie se lo pidiera. Cuando entregaron el trabajo, la profesora dio la nota sin mencionar nombres. Nadie dijo “gracias”.
Más tarde, otro compañero le explicó un ejercicio que no entendía. Nadie le recordó el trabajo en grupo. Nadie habló de “devolver favores”.
Pero Sergio lo comprendió.
El bien que había hecho no volvió como un aplauso ni como una recompensa inmediata, sino como apoyo cuando más lo necesitaba. Entendió que la retribución no siempre es directa ni visible, pero llega. Y que hacer lo correcto vale la pena, incluso cuando nadie lo ve.
El bien realizado con generosidad nunca se pierde. La retribución no siempre es inmediata ni material, pero el bien vuelve, de una forma u otra.

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