Mateo abrió la mochila para coger su bocadillo. Tenía hambre. Mucha. Dudó un segundo.
Miró al chico.
Luego al bocadillo.
Luego otra vez al chico.
Se acercó despacio y, sin saber muy bien qué decir, le ofreció la mitad.
—Toma… si quieres.
El chico sonrió.
—Gracias. Me llamo Samir.
No hablaron mucho. Mateo se fue a entrenar con algo menos de hambre, pero con una sensación distinta. Ligera.
La semana siguiente llevó dos bocadillos. Y la siguiente, convenció a un amigo para que se uniera. Poco a poco, aquel banco dejó de ser solo un lugar de paso.
Mateo entendió que la solidaridad no siempre cambia el mundo entero, pero sí cambia el mundo de alguien. Y que compartir lo que tenemos —aunque sea poco— puede alimentar mucho más que el cuerpo.
* * *
La solidaridad nace cuando dejamos de pensar solo en nosotros y aprendemos a mirar las necesidades de los demás.

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