Un día, la tensión fue mayor. Dos grupos reclamaban el banco a la vez. Las palabras subieron de tono y alguien propuso llamar al profesor.
Hubo protestas, pero al final lo intentaron. Al principio, nadie sabía dónde ponerse ni qué decir. El banco se sentía incómodo, como el silencio.
Poco a poco, alguien contó una anécdota. Otro rió. Otro compartió una bolsa de galletas. El recreo terminó sin discusiones.
No se hicieron mejores amigos de repente. Pero entendieron algo: la concordia no significa pensar igual, sino aprender a convivir sin enfrentarse.
Desde entonces, el banco dejó de ser motivo de pelea. No porque desaparecieran las diferencias, sino porque aprendieron a compartir el espacio.
La concordia se construye con gestos sencillos: ceder, dialogar y buscar el bien común por encima del propio interés.

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