jueves, 5 de febrero de 2026

El banco compartido

En el patio del instituto había un banco que siempre causaba problemas. Era largo, pero nunca parecía suficiente. Unos decían que era “su sitio”, otros que habían llegado antes. Casi cada recreo acababa con discusiones.

Un día, la tensión fue mayor. Dos grupos reclamaban el banco a la vez. Las palabras subieron de tono y alguien propuso llamar al profesor.

Antes de que eso ocurriera, Irene habló:
—¿Y si nos sentamos todos? No es tan pequeño.

Hubo protestas, pero al final lo intentaron. Al principio, nadie sabía dónde ponerse ni qué decir. El banco se sentía incómodo, como el silencio.

Poco a poco, alguien contó una anécdota. Otro rió. Otro compartió una bolsa de galletas. El recreo terminó sin discusiones.

No se hicieron mejores amigos de repente. Pero entendieron algo: la concordia no significa pensar igual, sino aprender a convivir sin enfrentarse.

Desde entonces, el banco dejó de ser motivo de pelea. No porque desaparecieran las diferencias, sino porque aprendieron a compartir el espacio.

* * *

La concordia se construye con gestos sencillos: ceder, dialogar y buscar el bien común por encima del propio interés.

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