Clases, deberes, entrenamientos, mensajes, vídeos. Todo iba rápido. Demasiado.
Si se sentaba un rato sin hacer nada, se sentía culpable. Como si estuviera perdiendo algo importante.
Un sábado por la mañana, se despertó cansado. No de sueño, sino de todo. Intentó levantarse, pero el cuerpo no respondió. Se quedó tumbado mirando el techo.
Le propuso salir a caminar sin rumbo, sin móvil. Al principio, Daniel iba inquieto. Miraba el reloj. Pensaba en lo que “debería” estar haciendo.
Poco a poco, el ruido bajó. Escuchó sus pasos, el viento, sus propios pensamientos.
Al volver a casa, no había avanzado tareas ni marcado objetivos. Pero se sentía distinto. Más claro. Más ligero.
Esa noche entendió algo que nadie le había explicado así: descansar no es perder el tiempo, es prepararse para vivirlo mejor.
El reposo verdadero no te aleja de tus responsabilidades; te ayuda a volver a ellas con sentido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario