Incluso cuando no hacía nada, su cabeza seguía llena de cosas: mensajes pendientes, tareas por terminar, comparaciones constantes. Se acostaba cansada y se levantaba igual.
Una noche, el móvil se apagó sin avisar. Batería agotada.
Al principio se puso nerviosa. Miró el techo. Escuchó el silencio. Le pareció extraño, casi incómodo.
Entonces recordó una libreta que tenía olvidada en el cajón. Empezó a escribir sin pensar demasiado: lo que le preocupaba, lo que le había salido bien, lo que necesitaba soltar.
Pasaron unos minutos. Quizá más.
Cuando se acostó de verdad, el cuerpo se relajó y la mente también. No había resuelto todo. Pero había parado.
Al día siguiente, no tenía menos cosas que hacer. Pero las hizo con más calma.
Lucía entendió que descansar no es huir de la vida, sino encontrar un lugar donde el ruido se apaga y uno puede volver a escucharse.
* * *
El descanso auténtico no siempre elimina los problemas, pero sí devuelve la paz necesaria para afrontarlos.

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