Cumplía con las clases, salía con sus amigos, entrenaba dos días por semana. Todo estaba en orden. Demasiado.
Había una pregunta que le rondaba por dentro y no lo dejaba tranquilo:
—¿Para qué todo esto?
No se lo decía a nadie. Pensaba que era una pregunta rara, de adultos. Pero cada noche volvía, silenciosa y persistente.
Un sábado, su profesora de Filosofía les propuso una actividad distinta:
—Escribid en una hoja qué creéis que da sentido a vuestra vida. No se corrige.
Joel se quedó mirando el papel en blanco. No supo qué escribir. Al final anotó solo una palabra:
“No lo sé.”
Al salir de clase, pasó por el centro de mayores donde su madre trabajaba. La esperó sentándose junto a un hombre que miraba por la ventana.
—¿Qué mira? —preguntó Joel.
—El camino por el que he vuelto muchas veces —respondió el hombre—. No siempre supe a dónde iba, pero sí con quién.
Esa frase se quedó con él.
Esa noche, Joel no encontró una respuesta clara a su pregunta. Pero entendió algo importante: el sentido de la vida no siempre aparece como una meta lejana. A veces se descubre en los gestos pequeños, en las personas que acompañan, en el bien que uno intenta hacer hoy.
Volvió a escribir en la hoja:
“Quizá el sentido sea aprender a vivir con sentido.”
No era una respuesta definitiva.
Pero era un comienzo.
* * *
El sentido de la vida no siempre se encuentra de golpe; se va construyendo en el camino.

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