miércoles, 21 de enero de 2026

La pregunta que no se callaba

A Joel no le faltaba nada importante, pero aun así sentía que algo no encajaba.

Cumplía con las clases, salía con sus amigos, entrenaba dos días por semana. Todo estaba en orden. Demasiado.

Había una pregunta que le rondaba por dentro y no lo dejaba tranquilo:
—¿Para qué todo esto?

No se lo decía a nadie. Pensaba que era una pregunta rara, de adultos. Pero cada noche volvía, silenciosa y persistente.

Un sábado, su profesora de Filosofía les propuso una actividad distinta:
—Escribid en una hoja qué creéis que da sentido a vuestra vida. No se corrige.

Joel se quedó mirando el papel en blanco. No supo qué escribir. Al final anotó solo una palabra:
“No lo sé.”

Al salir de clase, pasó por el centro de mayores donde su madre trabajaba. La esperó sentándose junto a un hombre que miraba por la ventana.
—¿Qué mira? —preguntó Joel.
—El camino por el que he vuelto muchas veces —respondió el hombre—. No siempre supe a dónde iba, pero sí con quién.

Esa frase se quedó con él.

Esa noche, Joel no encontró una respuesta clara a su pregunta. Pero entendió algo importante: el sentido de la vida no siempre aparece como una meta lejana. A veces se descubre en los gestos pequeños, en las personas que acompañan, en el bien que uno intenta hacer hoy.

Volvió a escribir en la hoja:
“Quizá el sentido sea aprender a vivir con sentido.”

No era una respuesta definitiva.
Pero era un comienzo.

* * *

El sentido de la vida no siempre se encuentra de golpe; se va construyendo en el camino.

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