Cuando le tocó el turno a Inés, se quedó mirando el espacio vacío. Todos parecían saber exactamente qué hacer. Ella no.
Inés siempre sentía que no destacaba en nada. No era la más rápida, ni la más creativa, ni la más segura. Cuando hablaban de talentos, pensaba que los suyos no se veían.
Cogió un pincel y mojó la punta en un color suave, casi imperceptible. No llamó la atención. Algunos ni lo notaron.
Inés bajó la mirada.
Señaló el trazo de Inés. No brillaba, pero daba equilibrio. Unía colores. Hacía que los demás destacaran sin competir con ellos.
Inés sonrió por primera vez en días.
Entendió que no todos están hechos para llamar la atención. Algunos están hechos para dar sentido. Y eso también es ser único.
La singularidad no consiste en ser más que los demás, sino en ser plenamente uno mismo.

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