Apuntarse al grupo solidario del instituto, ayudar los viernes por la tarde en el comedor social, colaborar con los demás. El primer día fue motivador. El segundo, interesante. El tercero… cansado.
El sofá parecía una mejor opción.
No dijo nada más, pero Clara recordó el día que se había apuntado. Recordó cómo había dicho “sí” sin pensarlo mucho, con ilusión.
Suspiró. Se puso la sudadera. Salió.
En el comedor, las cosas no eran fáciles. Había ruido, prisas, personas con historias difíciles. No siempre era agradecido. A veces era incómodo.
Clara se quedó quieta un segundo. Siempre. No había ido tantas veces como para sentirse imprescindible, pero sí las suficientes para que alguien la reconociera.
Al volver a casa, estaba cansada. Pero no arrepentida.
Entendió algo importante: el compromiso no es hacer algo cuando apetece, sino seguir haciéndolo cuando deja de ser fácil. Y ahí, justo ahí, es donde empieza a cambiar de verdad a las personas.
Comprometerse es mantener el “sí” incluso cuando cuesta cumplirlo.

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