sábado, 24 de enero de 2026

A tiempo

A Sergio siempre se decía lo mismo:

—Luego lo haces.

No era perezoso. Simplemente confiaba demasiado en el “después”. Después estudiaría, después ordenaría, después respondería los mensajes importantes.

Un lunes, la profesora anunció:
—El trabajo se entrega el jueves, sin excepción.

Sergio pensó que tenía tiempo de sobra.

El miércoles por la tarde, empezó. Demasiado tarde. Los apuntes estaban incompletos, el ordenador iba lento y los nervios aparecieron de golpe. Terminó de madrugada, cansado y poco convencido.

El jueves, la nota no fue buena.

Esa tarde, su abuelo lo llamó para ayudarle a arreglar una verja.
—Hay que hacerlo hoy —dijo—. Si lo dejamos, mañana será peor.

Trabajaron con calma, sin prisas inútiles. Paso a paso. Cuando terminaron, Sergio sintió una satisfacción distinta.

—¿Ves? —dijo el abuelo—. La diligencia no es correr, es no dejar que las cosas se estropeen por esperar demasiado.

La frase se le quedó grabada.

La semana siguiente, Sergio empezó las tareas el mismo día que se las mandaban. No perfecto. No rápido. Pero a tiempo.

Y descubrió que llegar a tiempo también era una forma de respetarse a uno mismo.

* * *

La diligencia no consiste en hacerlo todo deprisa, sino en hacerlo cuando toca y con responsabilidad.

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