Un lunes, al entrar, Laura dejó la mochila en su sitio y empezó a ordenar las mesas. Sin decir nada. Al principio, algunos la miraron con extrañeza.
—¿Qué haces? —preguntó alguien.
—Empiezo —respondió ella.
Poco a poco, otros se unieron. Uno borró la pizarra. Otro repartió las hojas. En pocos minutos, el ambiente cambió.
Al final de la clase, el profesor comentó:
—Hoy ha sido distinto. Gracias.
Laura no había esperado instrucciones ni permiso. Vio lo que hacía falta y actuó. Entendió que la iniciativa no es mandar, sino servir; no es imponer, sino comenzar.
Y descubrió algo más: cuando alguien da el primer paso, a menudo otros se animan a seguirlo.
* * *
La iniciativa transforma las quejas en acciones y convierte pequeños gestos en cambios reales.

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