Una tarde lluviosa vio a una mujer mayor intentando subir un carro de la compra por las escaleras del metro. Marcos dudó. Llegaba tarde. Nadie más parecía darse cuenta.
Se quitó los auriculares y se acercó.
—¿Le ayudo?
No hubo aplausos. Nadie grabó el gesto. La mujer sonrió y le dio las gracias.
Marcos siguió su camino empapado, pero con una sensación distinta. Nadie supo lo que había hecho. Ni sus amigos. Ni su familia.
Días después, ayudó a un compañero con una asignatura que se le daba bien. No lo contó. No lo subió a redes. Simplemente lo hizo.
Marcos entendió que el altruismo no busca ser visto. El bien más auténtico es el que se hace cuando nadie mira.
* * *
El altruismo nace de un corazón generoso que ayuda sin esperar nada a cambio.

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